Hacia una Diócesis con estilo sinodal, que se reencuentra con la misión
𝐏𝐚𝐥𝐚𝐛𝐫𝐚𝐬 𝐝𝐞 𝐚𝐠𝐫𝐚𝐝𝐞𝐜𝐢𝐦𝐢𝐞𝐧𝐭𝐨 𝐲 𝐝𝐞𝐬𝐩𝐞𝐝𝐢𝐝𝐚 𝐝𝐞 𝐌𝐨𝐧𝐬𝐞𝐧̃𝐨𝐫 𝐋𝐮𝐢𝐬 𝐀𝐮𝐠𝐮𝐬𝐭𝐨 𝐂𝐚𝐦𝐩𝐨𝐬 𝐅𝐥𝐨́𝐫𝐞𝐳.

Qué marco tan bello en el que podemos celebrar hoy este encuentro de acción de gracias por todo lo vivido y compartido juntos durante estos seis años y casi dos meses. El marco es la celebración de la Pascua de Jesucristo nuestro Señor. En este acontecimiento reside la razón de ser de nuestra existencia como comunidad creyente, el sentido de todo lo que hacemos, la razón de nuestras respectivas vocaciones; en la Pascua de Cristo.
La incorporación a Cristo resucitado y a su Iglesia nos ofrece un arraigo vital y muy poderoso, pero también cuántos desarraigos nos corresponde vivir en esta experiencia discipular y misionera. Desarraigos que piden libertad y que simultáneamente ofrecen los tesoros desconocidos de nuevos compañeros y compañeras de camino, de nuevos hermanos y hermanas por amar, de nuevas alegrías y dolores por compartir, de nuevos testimonios por recibir, y que llegan a nuestra vida como un don del Señor, precioso y abundante de parte suya y inmerecido de parte nuestra. El fuerte desarraigo que viví al dejar mi Diócesis de origen Bogotá me permitió llegar a una hermosa comunidad, rica en tradiciones culturales y religiosas, ardorosa en su fe, creativa en su misión, audaz en su compromiso, sensible por la justicia, la reconciliación y la paz, cálida en su corazón, la Diócesis de Socorro y San Gil.
Estos desarraigos y nuevos arraigos comportan la maravillosa experiencia del ensanchamiento del corazón para acoger con verdadero gozo a muchas personas y para emprender con nuevos hermanos nuevas rutas de amor, de testimonio y de servicio. Creo que los primeros vínculos compartidos entre nosotros fueron los de la fe, efectivamente el desconocimiento recíproco que teníamos ustedes de mí y yo de ustedes, se transformó rápidamente en una fraterna acogida como hermanos, pues sabíamos desde el comienzo que nos unía la fe en el Dios vivo que es Padre, Hijo y Espíritu. Desde el primer día nos sabíamos hermanos en la fe, compañeros en el seguimiento de aquel que es camino, verdad y vida, maestro hecho servidor que nos invitaba a todos a seguirlo con alegría y fidelidad, formando toda nuestra existencia en el crisol de su palabra y celebrando su amor en la mesa eucarística.
Esta experiencia de fraternidad se fue consolidando y aprendimos a reconocernos y a querernos como hermanos y hermanas, miembros y constructores de una misma familia. Este primer vínculo de fraternidad se enriqueció con el maduro sentido de confianza y el respeto creyente de parte de ustedes al aceptarme como pastor que venía a animar, orientar, coordinar y apoyar, concretizando de esta manera mi servicio como padre de una comunidad. Constantemente le pedía al Señor el don de la sabiduría, de modo que pudiera ejercer mi ministerio de paternidad espiritual y pastoral con lucidez, con acierto, con justicia, con misericordia.
Ustedes me edificaron con su sintonía, con todas las orientaciones que mi discernimiento de pastor me llevaba a proponerles y que indicaban los caminos por los que el Señor nos invitaba a transitar para ser fieles a la llamada al discipulado y a la misión evangelizadora. Este vínculo paternal me permitió amarlos como hijos e hijas, confiados por el Señor a mi cuidado, a mi dedicación, acompañamiento y entrega. Espero de corazón haber sido fiel a este encargo.
Nuestra recíproca fraternidad y nuestros lazos de paternidad y filiación se fueron llenando también de la cercanía, la calidez afectiva, la informal acogida y la generosa gratuidad de la amistad. Por ello pudimos compartir mucho, con intensidad, con cercanía, en el sereno transcurrir de nuestra cotidianidad, en la gozosa celebración de nuestras fiestas y en la solidaria compañía en las pruebas. Múltiples ocasiones nos permitieron encontrarnos como amigos.
Diversos proyectos comunes nos convocaron y en su fecunda realización nos comprometimos, aportando todos y cada uno, aprendiendo a reconocer la singularidad de cada persona y el valor de caminar juntos, sintiéndonos todos partícipes y corresponsables de una misma tarea. Es muy cierto, los verdaderos amigos son difíciles de encontrar, fáciles de querer, imposible de olvidar. Además, es cierto que suerte es tener amigos y amigos de verdad.
Como hermano, padre y amigo, mi corazón vibra hoy para decirles gracias. Gracias por su testimonio de fe, esperanza y amor. Gracias por haberme aceptado en sus vidas como su hermano, su padre y su amigo y por su amor de hermanos, hijos y amigos. Por la acogida dada a mi palabra, pronunciada siempre con respeto, con convicción y deseo de crecer juntos. Por su confianza y permitirme formar parte de sus vidas y caminar con ustedes. Por ayudarme a crecer en mi vida, edificándome con su testimonio y amistad. Por saber perdonar mis desaciertos y equivocaciones. Por todo y tanto que he recibido de ustedes. Por todo lo compartido, que ha sido mucho y hermoso. Por todo lo construido juntos, pues hemos creído en ello y lo hemos hecho desde el Señor y a su servicio.
Gracias mi querida familia de la Curia Diocesana. Compartimos mucho. Eso nos ayuda a ser amigos, a ser fieles a nuestra vocación Diocesana, a crecer como personas y como discípulos del Señor. Como familia de la Curia, quisimos responder unidos como una sola familia a las necesidades de nuestra Diócesis, a las nuevas tareas que el Señor y la realidad actual nos pedían. Quisimos ser siempre servidores y dirigentes de tantas personas que llegaron a nosotros y creo que lo logramos. Su apoyo para mí fue decisivo, contando con la participación activa de todos ustedes, con la valiosa presencia de laicos en tareas muy delicadas y con el precioso aporte de las mujeres.
Gracias queridas laicas y laicos por su testimonio, por su servicio entusiasta y comprometido en la evangelización en parroquias, en movimientos eclesiales. Gracias niñas, niños y jóvenes acólitos, generosos servidores, especialmente de la Eucaristía, celebrada con amor por ser la preciosa respuesta del Señor a nuestra súplica de su presencia. Gracias servidoras y servidores de las casas curales, los despachos parroquiales, las sacristías y cementerios, por su entrega generosa, por su amor al Señor y a la Iglesia, por la alegría que tantas veces compartimos y por todas sus atenciones. Gracias hermanas y hermanos con quien celebramos casi diariamente la Eucaristía o compartimos alguna palabra en tantos encuentros o nos saludamos en la calle o compartimos alguna mesa, alguna vez la mesa o que me confiaron alguna vez sus necesidades y esperanzas.
Gracias a los enfermos y personas mayores que oraban desde sus casas, siguiendo por las redes las Eucaristías, con quienes mantuvimos unidos en la oración recíproca. Gracias a los pobres, necesitados, que compartieron conmigo sus angustias y esperanza reclamando mi caridad. Gracias queridas hermanas y queridos hermanos que con su vida consagrada son signos del reino. Mujeres y hombres convencidos de su vocación y de su carisma, fieles y alegres en su servicio, aún en este tiempo difícil de disminución vocacional. Gracias particularmente mis queridas hermanas de vida monástica, Visitandinas y Concepcionistas. Su oración acompaña diariamente la vida de nuestra Diócesis, sostiene a tantas personas en sus necesidades. Con su amistad me honraron, con su testimonio de alegría y fidelidad en su vida oculta, me edificaron en mi propia vocación.
Gracias queridos hermanos menores en formación en nuestro seminario. Tuve la oportunidad de acompañarlos, de compartirles mi palabra fraterna que quiso ser orientadora y motivadora, de modo que el discernimiento vocacional que ustedes hacen, se hiciera siempre desde el Evangelio, inspirado por sinceras motivaciones de entrega y de servicio al Señor.
Gracias a mis amados hermanos presbíteros y diáconos, desde el comienzo me acogieron como su hermano, su padre y su amigo, pues eso quise ser siempre para ustedes. Nos encontramos y oramos juntos muchas veces, conversamos individualmente en muchas ocasiones, procuramos crecer en la valoración del don recibido de parte del Señor para cuidarlo con amor fiel. Nos dimos la oportunidad de escuchar la voz del Señor y las voces de la historia, para apreciar el momento que nos corresponde vivir y para comprometernos con lucidez y ardor en una evangelización renovada, les reitero mis palabras con las que me despedí de ustedes, sean cuidadores de ustedes mismos, cuiden el don recibido, cuiden su identidad, que es identidad discipular de seguidores de Cristo, identificación sacramental con Jesucristo, pastor y cabeza, identificación existencial con Jesucristo en su opción de amor total y de opción por los más desfavorecidos, cuiden su fidelidad, cuiden su fraternidad, cuiden las comunidades confiadas a su cuidado, como pastores según el corazón de Jesús, como servidores que se inclinan a lavar los pies, cuiden la misión, que es la razón última de toda vocación, gracias a ustedes mis queridos hermanos mayores, los presbíteros eméritos, su larga vida ministerial fue siempre ejemplar para mí, así como lo fue su cálida actitud de acogida y cariño conmigo, su hermano un poco menor, que los quiere como su padre y amigo.
Gracias a mis amigos de hace muchos años, unos cercanos a mi familia como haciendo parte de ella, otros muy vinculados conmigo personalmente y que también están unidos en la distancia a mi servicio en esta amada Diócesis.
Gracias a mi querida familia de sangre, una pequeña porción aquí presente, mi hermano, mi hermana, mi cuñado, mi sobrino, ustedes mis hermanas y mis hermanos, nuestros padres ya fallecidos Isabel y Justiniano, mis tíos Antonio y los que han partido ya, mis primas y primos, todos ustedes han acompañado siempre mi ministerio, el Presbiteral en Bogotá, el Episcopal en San Gil y sé que lo harán en el nuevo encargo en Bucaramanga, su amor ha sido bendición para mí, su cercanía y su oración han sido apoyo, su testimonio de fe han sido aliciente para mi entrega.
Han sido seis maravillosos años con ustedes, amigas y amigos muy amados de nuestras Diócesis de Socorro y San Gil, años que marcan mi vida de modo indeleble, años que el Señor me ha regalado y que han sido tanto más preciosos cuanto en ellos Él me ha ofrecido la amistad, el testimonio, la oración y el cariño de todos ustedes. Gracias por todo, por tanto mi amada comunidad diocesana de Socorro y San Gil, gracias.

























































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